@MendozayDiaz

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miércoles, 26 de julio de 2017

Vivir hacia dentro.

Hay un tipo de personas que dan la impresión de estar anestesiados, u ocupados en cosas inútiles o buscando cualquiera de los modos de evasión más a su alcance (alcohol, sexo, drogas o teorías). Habitualmente se trata de gente joven que pretende encontrarse a sí misma en la búsqueda de experiencias nuevas, o intenta afirmarse en actitudes de rebeldía o exasperación, y que, a veces, producen inmensa tristeza, sobre todo cuando a los veinte años -y aun antes- han agotado todas las experiencias y han perdido todas las ilusiones, convertidos en viejos prematuros, con una vida estéril que no sirve para nada porque no sirve a nadie.

Esta civilización que estamos viviendo, en medio de muchas cosas excelentes, resultado de aportaciones pacientemente acumuladas, cribadas y perfeccionadas por muchas generaciones, no tiene como característica el sosiego que incita a la reflexión. No es una civilización que facilite la interioridad; peor aún, me atrevería a decir que, en conjunto, es una civilización que combate la interioridad con medios de una potencia inigualable: con la prisa, con la productividad, con las redes sociales, con la velocidad, con la superficialidad. Y ha dado lugar a este tipo de personas obsesionadas, crispadas, apresuradas, sin tiempo; a este tipo de persona que ya no reflexiona porque se nutre de tópicos o de consignas, o porque se ha convertido ya en un robot especializado en cualquier clase de trabajo, o porque simplemente carece de tiempo, de sosiego y hasta de gusto. Atrapados en ese cepo que la sociedad super-desarrollada-de-hoy ha dispuesto tan sagazmente: vivir hacia fuera, no hacia dentro; sustituir el pensamiento por la publicidad, la lectura por las redes sociales, el silencio por el ruido, la intimidad por la exhibición, las ideas por los tópicos y los argumentarios. Es una espantosa miseria la del hombre moderno, un siniestro legado el que recibe la juventud de hoy.

Hoy el hombre en general, y una parte de la juventud en particular, han destruido las murallas que le defendían y aseguraban su integridad frente a las fuerzas destructoras. Han destruido los “mitos”, han terminado con los “tabús”. Y, en realidad, lo que han destruido, lo que han aniquilado, es la verdad en nombre de la libertad, y para ser “libre” la han sustituido por ilusiones, sueños, optimistas visiones del porvenir, teorías tan brillantes como carentes de fundamento. Hace mucho tiempo que se está edificando sobre arcilla sistema tras sistema, teoría tras teoría. Sólo impresiones, sentimientos, opiniones, teorías, emociones, hipótesis e inestabilidad, todo fluyendo. No hay justicia sin unos principios verdaderos válidos para todos.

Hoy se están empleando palabras grandes y sonoras, pero muchas veces lo que encubren es hediondo. Faltan grandes ideales, metas de gran altura y ambición. Uno acaba vacío y cansado de tanto cambio efímero y de tanto esfuerzo inútil. De estar constantemente elaborando teorías que sustituyan a las que acaban de caducar, y al final todo es un gigantesco artificio, una especie de juego convencional en el que todo son hipótesis provisionales en sucesiva bancarrota. El hombre es libre, pero no es independiente. La limitación y la dependencia son connaturales al hombre por el mero hecho de serlo. Si todo hombre está vinculado a algo, o a alguien, la calidad de la libertad depende de la calidad del vínculo que, al atarle, da la referencia de la elección que el hombre hace. No se dice que un animal, o una planta o una piedra, sean seres libres, aunque, por ejemplo, un perro pueda ir a una parte u otra, o una planta crezca libremente. Y una persona sí puede pensar, reflexionar, conocer, querer; y las personas sí son responsables.


Las estructuras no hacen más que reflejar lo que los hombres llevamos dentro: nuestro concepto del mundo, de las cosas, de nuestras relaciones, de la existencia misma. No nos engañemos. Si un problema se plantea bien, hay muchas probabilidades de que se resuelva bien; pero si se plantea mal, sería un milagro encontrar como resultado una solución adecuada. Si queremos mejorar el mundo, éste que tan injusto encontramos, lo primero que hace falta es que nosotros mismos mejoremos; y luchemos por arrancar de nuestro propio interior la injusticia y el egoísmo, la ley del mínimo esfuerzo y la soberbia, la ira; en fin, todos estos criterios tan de hoy y que tan profundamente se nos han metido dentro. En vez de juzgar a los demás, pero jamás entrar en juicio consigo mismo; acusar a los demás, pero evitar, por todos los medios, contemplar el propio mundo interior, no sea que uno tenga que ocuparse, con urgencia, de sí mismo porque se encuentre tan mal como la sociedad que quiere cambiar.

Publicado en "Diario de León" el martes 25 de julio del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/vivir-dentro_1176721.html

lunes, 24 de julio de 2017

Aprender a ser amable.

Creo que, si preguntáramos, la respuesta sería casi unánime: el mundo necesita amabilidad. Siendo amables seremos capaces de transformarlo en un lugar más feliz en el que vivir; y, si no feliz, al menos, más agradable. La amabilidad es el hábito de tratar a las personas con deferencia y respeto por el hecho de ser personas. 

Para ser amable no hay que inscribirse en ninguna organización, es tan fácil como decidir que se quiere ser amable y comenzar a serlo. Se puede aprender a ser amable. No esconde secretos mágicos, ni siquiera es complicado. Tan solo exige prestar atención a las cosas que se hacen y cómo se hacen.


No debiera pasar un solo día sin que encontráramos una ocasión de ser amable. No hay amabilidad si no es particular. Vamos, que no se es amable “en general”; se es amable particularmente, con alguien. La amabilidad se concreta en la paciencia, la solicitud (“eso” qué-es-lo-que-es: ser solícito es prestar pequeños servicios antes de que te los pidan), el espíritu de servicio y la cortesía. La manera de saludar, la hospitalidad, las muestras de comprensión… 

La amabilidad es una manifestación de confianza en los demás. A nuestra pobre naturaleza humana le cuesta lograr el arte de soportar a los demás. Algunos creen que descubrir defectos es señal de sabiduría, pero nada requiere tan poca inteligencia. Los defectos ajenos no nos llamarían tanto la atención si nos dedicáramos a examinar los nuestros. Pocas veces medimos los defectos ajenos y los propios con el mismo rasero. A veces perdemos el tiempo proponiéndonos hacer mejores a los demás cuando hay tantas cosas en nuestra vida que necesitan ser corregidas, mejoradas. Nosotros primero: basta con ocuparnos de lo nuestro. Amabilidad es la mirada que se fija en el-cómo-sí e ignora el-cómo-no. A veces es más fácil soportar, con paciencia, a los demás que ilusionarnos con que cambien costumbres, formas de ser, adquiridas durante toda una vida. Procura pensar por qué la gente hace lo que hace: es mucho más provechoso que la crítica y fomenta la comprensión, la tolerancia y la amabilidad.

Los gestos amables cuestan menos cuanto más frecuentes son. Cuestan poco y rinden mucho. Una de las maneras más sencillas de ganarse a alguien es recordar cómo se llama y hacerle sentir que te importa. Vale la pena el esfuerzo de grabar el nombre de los demás: vecinos, compañeros de trabajo, el cajero del supermercado, alumnos… Hay veces que no apetece. Entonces toca sobreponerse a las emociones, por difícil que nos resulte. Y no es ninguna hipocresía dejarse regir por la voluntad en vez de por los sentimientos. Una sonrisa puede hacer mucho bien. Es uno de los medios de que dispone la naturaleza para hacer felices a los demás. Cuesta poco y hace mucho: enriquece a quien la recibe sin hacer más pobre a quien la ofrece.

Es más fácil ser educado y atento con los extraños que con quienes convivimos habitualmente. No hay mayor fuente de conflicto que el mal uso de la lengua. Probablemente no sea tan malo golpear a alguien o privarle de todos sus bienes como mermar la buena opinión que se tenga de él, porque es propio de la naturaleza del hombre aferrarse a su honor con más tenacidad que a cualquier otro bien natural. Las discusiones causan buena parte de la infelicidad, especialmente, en las familias. La situación se complica cuando aumentamos el volumen de nuestra voz en vez de esforzarnos por mejorar nuestros argumentos. Hablar es gratis, pero, como habitualmente sucede con lo que no nos cuesta, al final, puede salirnos caro. En inglés la expresión to hold one’s peace, conservar la paz, significa guardar silencio. Tenemos una boca y dos oídos, lo que indica una proporción de dos a uno, que debiera valer también para el hablar y el escuchar. Como dice mi amigo Mariano, cuando no se pueda hablar bien de alguien, lo mejor es callarse.

Nadie se basta a sí mismo. Esta necesidad mutua debe llevarnos a sentir agradecimiento y aprecio por el trabajo de todos aquellos que nos presten un servicio. Me despierto y enciendo la luz, abro un grifo y sale agua, bajo por unas escaleras limpias, camino por unas calles seguras. Detrás hay gente -personas como tú y como yo- que nos sirven con su trabajo. No hay nadie que se sienta tan seguro de sí mismo siempre y hasta el punto de que no necesite nunca una palabra de reconocimiento, una palmada en la espalda o un comentario amable. El simple hecho de que nos digan que estamos haciendo un buen trabajo nos anima a hacerlo mejor. El reconocimiento más insignificante puede tener un efecto multiplicador. Como la doble recompensa de las palabras amables: te hacen feliz a ti y hacen felices a los demás.

Publicado en "Diario de León" el viernes 21 de julio del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/aprender-ser-amable_1175938.html

miércoles, 28 de junio de 2017

La huella de Roma.

Acabo de leer la última novela de mi amigo Pedro José Villanueva, “La huella de Roma. Oro”. Tres jóvenes de nuestro tiempo Lucía, Daniel e Izán inician su aventura en el entorno del Castro de Degaña, en los montes de Fondos de Vega, cerca de Larón, en el Concejo de Cangas del Narcea, un espacio denominado “La Cabuerca”, un lugar donde hay restos de explotación de oro por los romanos. Cerca del hoy Parque Natural de las Fuentes del Narcea. Caen en un pozo. Viajando en el tiempo. Tan actual, tan siempre de moda. Otro deseo permanente, como volar. Descubren que estaban en el monte Medulium, en Bergidum, cerca de Asturica Augusta, en el año 78. Época en que la explotación de Las Médulas estaba a pleno rendimiento. “Aurum”: oro del imperio, oro que servía para comprar toda clase de utensilios, para pagar la tropa y para mantener, en definitiva, tan vasto imperio.

Y como señala la historiadora Josefina Velasco, autora del prólogo, la habilidad de Pedro José Villanueva consiste en que, a través de su relato, nos enteramos de cómo vestían, comían, se divertían, trabajaban, en qué casas vivían y cómo se relacionaban entre sí romanos y lugareños. Los romanos dejaron vivir a los pueblos a cambio de su trabajo, sus tributos, su sometimiento. Al final, dominador y dominado aprendieron a vivir unos de otros. ¡Qué suerte tenemos de vivir en un entorno donde la Historia, en cualquier momento, nos sale al encuentro! De ver y tocar la huella de Roma. En mi opinión, su mayor obra fue su filosofía, su derecho, su idea del hombre y de su dignidad que el cristianismo perfeccionó acabando con las distinciones entre ciudadanos y esclavos, considerando a todos los hombres como iguales y con una misma dignidad en cuanto criaturas e hijos de Dios.

Aunque son más tangibles las obras públicas e industriales. Los sistemas de extracción del aceite. O los del filtrado del oro y otros minerales con el agua de nuestros montes, como evoca la novela antes mencionada. O la explotación de la madera de los bosques y el uso de los ríos para su arrastre a través del sistema de descenso por flotación. Me encanta reflexionar sobre los romanos y su cultura del agua. Son memorables las termas y baños de las ciudades romanas. Cada barrio contaba con su baño y, a veces, con varios. Los baños eran públicos y los hombres solían acudir por la mañana y las mujeres y los niños por la tarde. O las calzadas romanas a través de las cuales el viajero podía llegar a Roma desde las principales ciudades del Imperio Romano, por lejos que éstas se encontraran. Quien recorría una calzada romana encontraba una piedra miliar numerada cada mil cuatrocientos setenta metros. Si iba provisto del itinerario, equivalente a nuestro actual mapa de carreteras, podía calcular la distancia hasta la siguiente venta. Qué maravilla. Los excelentes ingenieros romanos no se arredraban por las dificultades técnicas. Abordaban con éxito puentes, acueductos, pantanos, sistemas de irrigación, puertos e incluso complejos sistemas de drenaje para desecar zonas pantanosas. Todavía causan admiración obras como el puente de Alcántara en Cáceres, el Acueducto de Segovia, la Torre de Hércules en La Coruña o el canal de unos cuarenta y tres kilómetros de longitud recientemente descubierto en La Cabrera y que, según los expertos, abastecía a Las Médulas.

El material arqueológico también prueba que Hispania se convirtió en la principal región aceitera del Imperio. El aceite llegaba a Roma y hasta los confines del Imperio. Lo sabemos por las ánforas. Sobre este particular escribe, magistralmente, Juan Eslava Galán en su libro “Viaje por el Guadalquivir y su historia”, un libro también muy recomendable. En la Antigüedad el vino, el aceite, las conservas de pescado y hasta el grano se transportaban en grandes ánforas. Muchas de estas grandes vasijas de barro se han encontrado en las excavaciones y entre los restos de los barcos naufragados. Básicamente existen dos clases de ánforas: las panzudas, casi esféricas, llamadas olearias porque servían para envasar aceite, y las vinarias o de vino, que son estilizadas y acaban en punta. La punta servía para inmovilizarlas, clavadas sobre el lastre de arena que cubría las bodegas de los barcos. Cada ánfora lleva la “figlina” o sello del alfarero en un asa y, además, una serie de inscripciones a tinta y pincel, en letra cursiva, los llamados “tituli picti”, en los que se consigna el peso del envase, el peso del aceite, el nombre del productor y otros datos fiscales. En lenguaje actual se denominaría código de barras… Olearias procedentes de la Bética se encuentran en puntos tan distantes como Inglaterra y la India, lo que prueba que nuestro aceite llegaba hasta los confines del Imperio aunque el mayor consumidor de aceite era la propia Roma, que necesitaba mucho para la Annona, una especie de seguridad social de la época que se concretaba en el reparto gratuito de alimentos, y también de espectáculos públicos, mediante el que los emperadores se aseguraban la lealtad de la plebe: panen et circenses…

En fin, la importancia de recuperar y promover la cultura clásica en nuestros planes de estudio. Ya sé, ya sé, que para algunos estudiar la historia y la lengua de Roma no-sirve-para-nada. Vieja polémica. Rebatirlo es materia para otra reflexión. Mientras tanto una anécdota: cuentan que, en cierta ocasión, José Solís Ruiz, ministro de Trabajo de un Gobierno del General Franco, y natural de Cabra (Córdoba), le discutía al rector de la Universidad Complutense, profesor Muñoz Alonso, para qué servía el latín. El profesor le respondió: “Por lo pronto, señor ministro, para que, a Su Señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa”. 

Publicado, hoy, 28 de junio del 2017, en "Diario de León": http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/huella-roma_1170899.html

miércoles, 31 de mayo de 2017

Estudiantes que estudien.

La universidad fue, durante años, el reducto de esperanza de lo que tarde o temprano habría de venir. Hoy, y desde hace décadas, se ha convertido en un producto-de-primera-necesidad. Y, periódicamente, cuestionada porque -dicen- “no sirve para nada”… Las urgencias de nuestra sociedad han sustituido el pensar por el hacer: “¿qué sentido tiene financiar una institución dedicada al pensamiento en una sociedad que no tiene tiempo para pensar porque tiene mucho que hacer?”.

La universidad ha de convertirse en el lugar donde se aprenda a ejercer un modo de ser. La mentalidad universitaria no se puede impartir. No es un saber técnico que se pueda endosar mediante instrucciones o reglamentos. La enseñanza es un contagio; se trata de contagiar una afición y, para eso, es imprescindible, ante todo, tenerla. La clave está en que el profesor transmita al alumno esa sensación de que lo que hace también lo haría gratis, porque le gusta. A la hora de la verdad, la educación tiene como protagonista al profesor. “Personalizar” la enseñanza no es llegar a una relación profesor-alumno que permita al primero adivinar los pensamientos del segundo, o viceversa; supone establecer una relación que permita plantear el trabajo como un esfuerzo conjunto, que sitúe a cada alumno no sólo más cerca del profesor, sino -sobre todo- en una relación más personal con los demás alumnos.

Pero, en general, la realidad es otra cosa… Los exámenes siguen siendo hoy, dueños y señores de la universidad. La clase sólo es un mero anuncio de lo que se llevará al examen. La única variante posible de esta conversación es si el examen escrito será o no en forma de test…Además, el estudiante continúa erre-que-erre con la vieja reivindicación de “una asignatura, un libro”. Una de las principales preocupaciones del estudiante es enterarse de cuál es “el libro” de cada profesor. Y, a falta de éste, aspirará a contar, al menos, con unos apuntes que le sirvan de sucedáneo (“¿Puede usted repetir?”). Parece, pues, que, a algunos estudiantes, el único “saber” que realmente les interesa es el saber a qué atenerse…Muchos estudiantes no saben leer, ni parece importarles. Leer poco, clarito, en castellano y a poder ser en letra grande. El déficit de lectura y el progresivo aumento de la formación audiovisual va haciendo estragos. 

A la universidad sigue llegando todo hijo de vecino, sea cual sea su capacidad intelectual. Pero el resultado final, si no es justo, es al menos igualitario: todos los que entraron reciben una titulación, en muchos casos, insuficiente para trabajar. Lo de menos es cómo funcione el servicio, lo importante, eso sí, es que sea ¨público”. Pero esta derivada da para otra reflexión. El único modo eficaz de garantizar que ningún talento quede fuera, es, por lo visto, que no quede fuera nadie… Si todo el mundo es bueno para entrar en la universidad, todo el mundo será bueno para seguir en ella hasta terminar una carrera. Todo parece resuelto: el modelo garantiza la igualdad de acceso (nada de selectividad) y la igualdad de salida (nada de cursos o asignaturas selectivos). Sin embargo, en nuestra universidad existe, por supuesto, selectividad a pesar del tabú imperante. Y, en mi opinión, tal selectividad es injusta e irracional. No hay trabajo para todos. Y dado que los títulos no seleccionan, la selección se impondrá por otros criterios, “el día después”, a través de las relaciones familiares o políticas. 

Los motivos que aconsejan una selección del alumnado son, al menos, estos: Uno, falta de capacidad de todos los ciudadanos para poder asumir el nivel de exigencia que a enseñanza “superior” lleva consigo. Dos, falta de capacidad de los centros para albergar a todos los peticionarios, sin renunciar a llevar a cabo en su integridad la tarea que justifica dicha demanda. Y tres, falta de capacidad de la sociedad, para ofrecer a todos los titulados el puesto profesional a que su formación prometía encaminarles, ocasionando así frustraciones personales y derroche de recursos.

Por último, urge favorecer que el estudiante sea capaz de dar sentido profesional a su trabajo, y que -con sus derechos- se sienta comprometido a asumir sus responsabilidades cívicas. Todavía se sigue escuchando aquello de si tu hijo estudia o trabaja… Se entiende que estudiar no es trabajar, ni ser estudiante asumir hábitos y responsabilidades profesionales. La verdad, y lo afirmo con tristeza (pensando en su bien), algunos viven en una especie de minoría de edad hibernada. Un ejemplo: el trabajador que acude a la huelga asume un claro sacrificio: pierde su correspondiente salario, le cuesta dinero. Esto garantiza que este derecho fundamental se ejerza con responsabilidad y prudencia. Sin embargo, el estudiante que aclama en asamblea la propuesta de una huelga, no se juega un colín. De hecho, está utilizando como pintoresco medio de protesta las vacaciones pagadas. El derecho de huelga ejercicio en esas condiciones es, cuando menos, curioso… Y otro ejemplo más: la ingeniería académica construye puentes por delante o por detrás mientras los trabajadores-de-verdad siguen faenando. Si algún profesor insinuara que dará por explicada la correspondiente parte del programa, será acusado de recurrir a intolerables represalias “fascistas”. 

Conceptualmente, la calificación de la enseñanza universitaria como “enseñanza superior” marca un salto cualitativo respecto a los estudios “medios”: profesor y alumnos acuden a clase, con la lección bien leída, dispuestos a abrir un diálogo crítico -capaz de aumentar la comprensión de lo ya estudiado- a descubrir problemas ocultos bajo las soluciones hasta ahora conocidas y a abrir posibles nuevas vías de enfoque. A la enseñanza superior se le supone un nuevo modo de trabajar. Visto lo visto, este tipo de enseñanza superior no es más que una enseñanza “posterior”. Mejor llamar a las cosas por su nombre.

Publicado en "Diario de León", hoy, miércoles 31 de mayo del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/estudiantes-estudien_1164318.html

jueves, 27 de abril de 2017

Comer en familia.

Llevamos un ritmo de vida tan ajetreado que estamos perdiendo costumbres tan buenas como las comidas en familia. Pensar que, entre semana, padres e hijos podamos comer juntos nos parece una idea imposible. Es clara la influencia positiva de estos momentos de intimidad familiar sobre el desarrollo de los hijos y las relaciones entre los miembros de la familia, especialmente para los adolescentes. Hábitos tan saludables como el comer en familia o la sobremesa no están suficientemente valorados. Es cierto que, en algunos casos, nuestras actividades exigen largos desplazamientos, horarios difíciles, etc., que hacen muy difícil reunir a la familia a diario.


Quizá si conociéramos sus beneficios, nos esforzaríamos más por pasar juntos cuantos más momentos mejor. La comida en familia nos permite comer saludablemente, contarnos unos a otros cómo nos ha ido el día, escucharnos a los demás y estrechar los lazos familiares. Especialmente con nuestros hijos adolescentes, estos momentos pueden ser definitivos para crear un clima de comunicación y de confianza con ellos. Los padres también somos responsables de preparar a nuestros hijos para la vida social, personas que se distingan por su trato agradable. Por sus buenas maneras. Imprescindible para su futura relación con los clientes. Las buenas maneras en la mesa es un tema de interés para muchas organizaciones, empresas.

Comer en familia también enseña a mantener una conversación, a escuchar y a contar. Además, y esto es especialmente relevante, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar estos valores en la vida cotidiana, con las contrariedades y oportunidades del día a día. Estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre… Tanto los mayores como los pequeños ayudan a preparar la comida, a quitar la mesa, a fregar los platos, a servir a los demás. La comida familiar nutre necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos junto el camino de la vida. Los recuerdos más significativos de nuestra infancia suelen ser –o no- el cariño mutuo, el compartir, el pasar el tiempo juntos. Quizá a diario no sea posible, pero hemos de intentar reservar, al menos, todas las cenas y los fines de semana. Comer juntos no lo es todo para la intimidad y el bienestar familiar, pero sin duda es una parte importante. Hace cincuenta años también había padres con extensos horarios de trabajo, que viajaban mucho, y madres que trabajaban fuera de casa. Y ya entonces también había quienes tenían la costumbre de tomar algo antes de volver a casa…

Una norma básica para que una comida familiar sea digna de tal nombre: sin intrusos, sin televisión, sin teléfonos… sin distracciones electrónicas. La comida familiar es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños los niños aprenderán de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras. Cosas tan elementales como qué cantidad es razonable servirse o en qué consiste una comida equilibrada, a hacer pausas para participar en la conversación, comer de todo… También una protección natural contra la obesidad, la anorexia y otros trastornos alimentarios, hoy tan de moda. Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación, a escuchar, a contar. También es una fuente de aprendizaje de vocabulario y cultura general.

A las tradicionales causas sobre por qué cada vez es más difícil comer juntos hay que añadir el excesivo número de actividades extra escolares de los hijos: artes marciales, letón, natación sincronizada, oboe… La verdad es que también hay algo, o mucho, de comodidad. Y, por supuesto, no todos estamos dispuestos a reconocerlo. Prefiero comer cerca de la oficina, tomarme una copa con los compañeros y llegar a casa cuando los niños estén dormidos… En fin, son tan pequeños. Ya les dedicaré tiempo cuando sean mayores… La cohesión familiar está en peligro, pero, fundamentalmente, por peligros internos, por nosotros, por nuestra comodidad y egoísmo. En bastantes casos no hay diferencias entre algunas familias y compañeros de piso. No nos escudemos en la política social de algunas autoridades, la influencia de los medios de comunicación u otras lindezas… ¿Haces todo lo posible por comer, al menos, varios días con tu familia? ¿Te compensa el esfuerzo, lo tienes claro? Empecemos por aquí.

Publicado en "Diario de León", hoy, jueves 27 de abril del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/comer-familia_1156181.html

jueves, 6 de abril de 2017

La educación digital de los hijos.

La Federación de Castilla y León de Fútbol ha impulsado la puesta en marcha de escuelas de padres para prevenir la violencia en el fútbol base. Lamentablemente, algunas de estas situaciones tienen su origen en los propios padres de los jugadores como cuando someten a una enorme presión a sus hijos, o el comportamiento excesivamente violento (verbal y físico) para árbitros, entrenadores, jugadores o, incluso, hacia otros padres. Los padres no deben ser un elemento desequilibrante en el proceso de iniciación deportiva de sus hijos. Por el contrario, deben ser los verdaderos inductores del ambiente que propicie el desarrollo integral de sus hijos brindando su apoyo y comprensión.

El Club Atlético Reino de León, desde sus inicios, ha programado diversas actividades dirigidas a los padres de sus jugadores que desearan formarse en la difícil y, a la vez, apasionante tarea de formar y educar a sus hijos. Así, surgió su “Escuela de Padres” con periódicas charlas-coloquio que pretenden contribuir a cubrir vacíos de información, aclarar ideas imprecisas, ofrecer consejos prácticos, proponer actividades padre-hijo que favorezcan la comunicación entre ellos, etc. En definitiva, abrir un espacio común de diálogo para todas aquellas personas que quieran -al menos, intentarlo- ser mejores padres. El miércoles 22 de marzo me invitaron a que les hablara sobre el rol de los padres en la educación digital de sus hijos y fue una experiencia muy interesante, sobre todo, porque tuve una oportunidad para compartir experiencias en un asunto clave para la educación de nuestros hijos.

Nos encontramos ante la integración creciente -e imparable- del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TICS) como herramientas de apoyo al proceso de enseñanza y aprendizaje de los alumnos. Algunos profesores ya están trabajando en ello. Es clave que los padres también nos formemos. Los profesores sólo cubren el horario escolar. Los padres lo somos 24 horas. Es necesaria nuestra urgente -vamos tarde- incorporación a este proceso, de tal manera que nuestra colaboración resulte eficaz. Es fundamental para el éxito de este proceso. Ello requiere que los padres tomemos conciencia de nuestra necesaria “alfabetización digital”. Por ignorancia, el uso de las TICS es percibida, muchas veces, como una amenaza. Y así surgen las dificultades, los problemas.


Nuestros hijos son “nativos digitales”. ¿Qué quiere decir esto? No entienden la vida de otra manera. Es su manera de aprender, de relacionarse. Nuestros hijos son tecnófilos. Ellos no han nacido con el concepto de “filtro”. Tu preguntabas, te recomendaban un buen libro, o te informaban mediante una conversación. Ellos no, ellos encuentran respuestas a todas sus preguntas en internet. Además, buscan su identidad real en las redes sociales donde las identidades pueden ser falsas y, para ellos, sin embargo, son “los” modelos. Ya no sólo son sus padres. Ahora compiten, por ejemplo, con los “youtubers”. Sus relaciones sociales son, en muchos casos, virtuales no personales. Hablan, se enamoran, se pelean, se reconcilian… Ventajas para ellos: nadie me da la “chapa”, es mi zona de confort, mi entorno seguro. No tengo que aguantar las preguntas de mis padres: “¿por qué me preguntas?” “¿para qué me preguntas?”.

Recordad como era la adolescencia, por ejemplo, hace 40 años: vida social en la calle de nuestro barrio, consulta de libros en la biblioteca pública, la enciclopedia en casa, fotos, posters, folletos, imaginación…Y siempre bajo la supervisión de nuestros mayores, de nuestra gente. Las nuevas tecnologías son un universo de posibilidades que, bien administrado, nos hacen más fácil la aventura de vivir. Pensad en lo que supone una tableta conectada a la red: videos, acceso a bibliotecas, a cursos (muchas veces gratuitos) de idiomas, de la universidad de Harvard…

La mayoría de los padres con hijos menores de edad desconocen el mundo virtual en el que viven sus hijos. Han oído hablar y seguro que, mayoritariamente, utilizan Wasap, Facebook, Instagram y, en menor medida, Twitter. Y también, seguramente, casi ninguno utilice Snapchat y, es más, ni siquiera sepa lo que es… Y esto sería un problema porque, precisamente, ésta es la red más utilizada por los menores de estas edades. ¿Por qué? Pues porque las publicaciones sólo se pueden visualizar durante unos segundos, no se pueden guardar: no dejan huella.

¿Qué hacer? Según los expertos, los temas claves para promover el uso seguro y responsable de internet entre los menores son “netiqueta”, privacidad, virus y fraudes y las consecuencias de un uso excesivo. Y concretando y dependiendo de la edad. Con los más pequeños: acompañar, prestar atención a lo que hace mientras está conectado; supervisar, acompañarle durante la búsqueda y su aprendizaje, elegir contenidos apropiados a su edad. Con los más mayores: dialogar sobre el uso de internet y el comportamiento seguro y responsable. Crear un clima de confianza y respeto mutuo. Que se sienta cómodo solicitando tu ayuda. Dialoga, interésate por lo que hace en línea, conoce su actividad en redes sociales. Enséñale a pensar sobre lo que encuentra en línea.

Y, muy importante: sé el mejor ejemplo. Busca la desconexión, fomenta la comunicación familiar. Existen ya iniciativas en algunos países europeos para regular las horas de conexión a internet. El lado bueno de este tipo de propuestas es que empezamos a tomar conciencia del efecto invasor de internet en nuestras vidas. Lo que es un medio maravilloso y potente de información, diversión, comunicación, educación o aprendizaje va camino de transformarse en un monstruo tentacular que invade sin ningún tipo de reparo tertulias, relaciones y reuniones. Conviene tener momento de desconexión real, total. Como, por ejemplo, en las comidas familiares, que tienen una gran importancia: ahí es donde se transmiten las buenas prácticas, los valores, la cultura.

Publicado, en "Diario de Léon", el martes 4 de abril del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educacion-digital-hijos_1150695.html

miércoles, 22 de marzo de 2017

Charla-coloquio en la Escuela de Padres del Club Atlético Reino de León.

Esta tarde he hablado sobre “El rol de los padres en la educación digital de sus hijos” en la Escuela de Padres del Club Atlético Reino de León. 


La Federación de Castilla y León de Fútbol ha impulsado la puesta en marcha de escuelas de padres para prevenir la violencia en el fútbol base. 

Lamentablemente, algunas de estas situaciones tienen su origen en los propios padres de los jugadores como cuando someten a una enorme presión a sus hijos, o el comportamiento excesivamente violento (verbal y físico) para árbitros, entrenadores, jugadores o, incluso, hacia otros padres.

Los padres no deben ser un elemento desequilibrante en el proceso de iniciación deportiva de sus hijos. Por el contrario, deben ser los verdaderos inductores del ambiente que propicie el desarrollo integral de sus hijos brindando su apoyo y comprensión.

El Atlético Reino de León, desde sus inicios, ha programado diversas actividades dirigidas a los padres de sus jugadores que desearan formarse en la difícil y, a la vez, apasionante tarea de formar y educar a sus hijos. 

Así, surgió su “Escuela de Padres” con periódicas charlas-coloquio que pretenden contribuir a cubrir vacíos de información, aclarar ideas imprecisas, ofrecer consejos prácticos, proponer actividades padre-hijo que favorezcan la comunicación entre ellos, etc. 

En definitiva, abrir un espacio común de diálogo para todas aquellas personas que quieran (al menos intentar) ser mejores padres.

jueves, 9 de febrero de 2017

Coloquio con alumnos del IES "José Luís Gutierrez".

Hoy tuve un encuentro con alumnos de Bachillerato de las asignaturas de Economía y de Empresa del Instituto "José Luís Gutierrez" de Muga de Sayago (Zamora).


Hablamos sobre claves del éxito en la empresa. Producto, precio, merchandising, proveedores, tecnología, procesos, liderazgo y servicio al cliente fueron algunos de los tópicos que tratamos.

Muy interesante sus aportaciones y, como siempre en este tipo de encuentros, lo mejor ha sido la oportunidad de conocer y dialogar con gente interesante.


Gracias a la Profesora Vanessa Serrador por la invitación.

miércoles, 25 de enero de 2017

Viernes 27 de enero: coloquio en el Instituto de Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra.

El próximo viernes, 27 de enero, tendré un coloquio con los alumnos del Máster en Cultura y Gobierno de las Organizaciones del Instituto de Empresa de la Universidad de Navarra.

El tema será "Personas satisfechas generan clientes satisfechos".

Viernes 27, a las 16'00 horas, en el Aula M8 del Edificio Amigos.



lunes, 16 de enero de 2017

Más allá del informe PISA.

El debate sobre los resultados del último Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA (por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment) se está centrando, casi exclusivamente, en las preocupantes y, en algunos casos, escandalosas diferencias entre comunidades autónomas. Es razonable que sea así porque estas diferencias tan sustanciales en la educación de los españoles suponen un grave quebranto del principio de igualdad, uno de los fundamentos del Estado Social y Democrático de Derecho de nuestra Constitución de 1978, que acabamos de celebrar y, que últimamente, tantos, y con tanta insistencia, quieren reformar. 

Aprovechando la publicación de estos resultados podrían considerarse las ventajas de que el Gobierno de España recuperara las competencias sobre Educación, una materia "estratégica" para el futuro de los ciudadanos españoles: un solo sistema educativo para todos, independientemente de nuestro lugar de residencia. Igualdad de oportunidades. Lo que no necesita del consenso o de las mayorías necesarias para una reforma constitucional es conocer más sobre los resultados de estos informes que, periódicamente, evalúan la educación que reciben nuestros hijos. 

Me refiero que sería muy interesante y valioso que los padres de los alumnos que han realizado estas pruebas pudieran comparar los resultados de sus hijos con los de sus compañeros de clase, de centro educativo, de ciudad, de comunidad autónoma, de país. Si, por ejemplo, mi hijo hubiera obtenido 495 puntos en matemáticas, me gustaría saber cuál fue el puntaje máximo y mínimo en su misma clase, de todas las clases del mismo grado de su colegio y, compararlos, también, con los resultados máximos y mínimos en matemáticas (siguiendo con el ejemplo) obtenidos por los alumnos de su edad en nuestra comunidad autónoma, en España, etc...

Esta información, por razones obvias, sería muy valiosa para que padres y profesores pudiéramos enfocar los planes de mejora para nuestros hijos y alumnos y, también, un ejercicio básico de transparencia, de justicia, para poder reconocer el trabajo de los profesores y centros educativos que lo están haciendo bien, y para corregir el de aquellos que lo están haciendo mal. Porque en los grandes números uno se puede confundir y caer -fácil e injustamente- en la tentación de decir que algo está bien o mal cuando el número del resultado es "plural" en su composición, pues, incluso en las comunidades autónomas donde los resultados han sido (globalmente) un desastre, hay casos concretos de alumnos, de profesores y de centros educativos que han obtenido un puntaje destacable; y, también, al contrario, dentro de las grandes cifras de los buenos resultados se esconden situaciones concretas manifiestamente mejorables.

Y todos estos análisis serían posibles si-y-solo-si se entregara a los padres de los alumnos la información comparativa de los resultados de sus hijos. Y, todavía mejor, para todos, si se ampliara la muestra de los alumnos y de los centros educativos participantes. Los datos están y la tecnología para su procesamiento también. Lo único que falta es la decisión política de hacerlo, de ser más transparentes. Pensando en el interés general de los españoles, en nuestro futuro, porque lo que no se mide, lo que no se compara, difícilmente se podrá mejorar.


La diferencia entre los países pobres y los ricos no es la antigüedad del país. Así, India y Egipto tienen miles de años de antigüedad y son pobres. Por el contrario, Australia y Nueva Zelanda tienen poco más de cien años y son países desarrollados. La diferencia entre países pobres y ricos tampoco está en los recursos naturales con que cuentan. Japón tiene un territorio muy pequeño, el ochenta por ciento es montañoso y, sin embargo, es una potencia económica mundial. Su territorio es como una inmensa fábrica flotante que recibe materiales de todo el mundo y los exporta transformados. Básicamente, así logra su riqueza. También contamos con el ejemplo de Suiza, sin océano y con una de las flotas navieras más importantes del mundo. En sus pocos miles de kilómetros cuadrados, pastorea y cultiva sólo durante cuatro meses al año (el resto es crudo invierno) pero produce productos lácteos de la mejor calidad. Tampoco la inteligencia es la diferencia. Tenemos muchos ejemplos de estudiantes de países muy pobres que emigran a países ricos y obtienen excelentes resultados en su educación.

Entonces ¿qué es lo que marca la diferencia?... La actitud de las personas. Tan sencillo como observar y analizar el comportamiento humano: orden, honradez, responsabilidad, esfuerzo, trabajo, ambición, respeto... Por tanto, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de contribuir de manera clara a una sociedad mejor: identificando y siendo más responsables y esforzados en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Y las autoridades, el deber de crear las condiciones sociales, políticas, culturales y económicas que faciliten el desarrollo de las personas, de los ciudadanos, sobre todo, a través de un sistema educativo de calidad.

Publicado en "Diario de León", ayer, domingo, 15 de enero del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/mas-alla-informe-pisa_1129772.html

viernes, 23 de diciembre de 2016

A favor de la gente auténtica.

Pertenecer al exclusivo “Club de los 50” tiene ventajas, muchas ventajas.... Una de ellas es haber visto pasar abundante -y diversa- agua debajo del puente y, así, uno recuerda a los “sans culottes”, los descamisados, las sin sujetador o aquella aristócrata de moda en los ochenta, famosilla por dejar evidencias varias de que no usaba ropa interior… En fin, toda una serie de personajes que quisieron decir algo de sí mismos a través de su vestimenta. 

El protocolo en la forma de vestir siempre ha sido un tema. Ya, en su época, D. Antonio Machado escribió sobre el “torpe aliño indumentario”. Más recientemente, recuerdo, a finales de los 70 y principios de los 80, la puesta en escena de las chaquetas de pana de algunos políticos, y su fugacidad… Vamos, que esto no es nuevo. El disfraz de progre. El abandonarse en el vestir como símbolo de cercanía, de apariencia proletaria. En el fondo pienso que se ha tratado de una recurrente estrategia de comunicación de algunos políticos por “humanizarse”, por ser (parecer) uno-de-los-nuestros.


Las corbatas ya no dan votos. Ahora lo que se lleva son las mangas de camisa. Una especie de uniforme cada vez más habitual en los actos institucionales. En mangas de camisa y sin corbata. Y si te empeñas en llevar chaqueta, eso sí, tiene que ser una al-estilo-de-Luís-Aguilé, Y, además, si quieres parecer más progre y más de izquierda, tienes que llevar la camisa por fuera del pantalón. Un atuendo más propio de un día de campo, de barbacoa, tortilla de patata y porrón. Y de esta guisa se presentan, algunos, muchos, cada vez más, sin el más mínimo rubor, en las ceremonias oficiales. Para algunos es el look de la nueva política, para el común de los mortales el uniforme de los desaliñados de toda la vida. 

Para estos personajes se acabó aquello de vestirse bien como muestra de respeto, de consideración, de deferencia hacia las personas con quien uno va a convivir. Primero -poca cosa- fueron los abrigos que fueron sustituidos por chubasqueros como los del marido de la tía Eustasia, la de Luarca… Los abrigos de-toda-la-vida, con lo calentitos y elegantes que son. Es llevar este juego al despiste demasiado lejos: con el frío que hace en León. Y -los otros-, claro, se acomplejan y también se disfrazan. Y compiten a ver quién la tiene más desaliñada. Es muy probable que no quieran confundir, ojalá que no engañar. Que la élite económica prescinda de la corbata -símbolo de poder durante tantos años- eso si me pone en guardia… ¿qué quieren ocultar? En fin, los políticos, y también los directivos de empresas, no utilizan la corbata para despistar a la gente, para aparentar ser lo que realmente no son, gente como uno.

Pareciera que el descuido en el vestir (y en el hablar) nos ayudará a mejorar nuestra sociedad, a hacerla más justa… Todavía no encuentro el punto de conexión, por más vueltas que le doy. Pienso que se confunde la velocidad con el tocino, y el decoro y la buena educación con el tacticismo político. Como está sucediendo con algunos de estos jóvenes profesores universitarios, de imagen personal desaliñada, con ropa de hipermercado, como uno-de-lo-nuestros suele considerarlos mucha gente. Pero, detrás de esa imagen de inocentes jóvenes mileuristas nos estamos encontrando con asesores políticos, “de colmillo”, a nivel internacional que reciben honorarios, con muchos ceros, de fundaciones, gobiernos y televisiones por sus colaboraciones. Socios de organizaciones mercantiles con objetos sociales variopintos. Asesores monetarios del gobierno de Venezuela, o colaboradores de la televisión de Irán… Esto es más de lo mismo. Vamos que tampoco es lo que parecía, que también son casta, con otra presentación –en versión acrílica- pero casta al fin.

El mundo se ha hecho cada vez más más complejo y las informaciones que recibimos, cada vez más simples. La palabrería barata está reemplazando al debate de las ideas. Y como, parece, que lo del “torpe aliño indumentario” no terminar de resultar, ahora, están poniéndose de moda unos programas de televisión donde los políticos nos abren las puertas de su casa. Qué ternura… Humo, más humo. Yo lo que quiero es que hablen de política, escuchar sus propuestas. A mí me importa una jícama si sabe hacer croquetas o el color de los azulejos de su cuarto de baño. Me da la impresión de que están intentando -con éxito- jugar al despiste… Yo lo que quiero es que me digan qué proponen -por ejemplo- para mejorar el sistema de pensiones, la educación o acabar con la despoblación de nuestros pueblos cuestión ésta que, en León, es prioritaria. No me interesan las otras habilidades. Sin duda que serían una simpática conversación para la hora del café. A ver si es que mientras exhiben sus habilidades para el ganchillo o elaborar una mayonesa decente no hablan de lo que tienen que hablar. A mí me interesa, qué proponen, qué saben de administrar, de gestionar. Que, desde tiempo del faraón, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Publicado, hoy, 23 de diciembre del 2016, en "Diario de León": http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/favor-gente-autentica_1124668.html

jueves, 8 de diciembre de 2016

Un Informe PISA más transparente.

El debate sobre los resultados del último Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA (por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment) se está centrando, casi exclusivamente, en las preocupantes y, en algunos casos, escandalosas diferencias entre comunidades autónomas. 

Es razonable que sea así porque estas diferencias tan sustanciales en la educación de los españoles supone un grave quebranto del principio de igualdad, uno de los fundamentos del Estado Social y Democrático de Derecho de nuestra Constitución de 1978, que acabamos de celebrar y, que últimamente, tantos, y con tanta insistencia, quieren reformar. 

Aprovechando que "el Pisuerga pasa por Valladolid" podrían considerarse las ventajas de que el Gobierno de España recuperara las competencias sobre Educación, una materia "estratégica" para el futuro de los ciudadanos españoles: un solo sistema educativo para todos, independientemente de nuestro lugar de residencia. Igualdad de oportunidades.

Lo que no necesita del consenso o de las mayorías necesarias para una reforma constitucional es conocer más sobre los resultados de estos informes que, periódicamente, evalúan la educación que reciben nuestros hijos. 

Me refiero que sería muy interesante y valioso que los padres de los alumnos que han realizado estas pruebas pudieran comparar los resultados de sus hijos con los de sus compañeros de clase, de centro educativo, de ciudad, de comunidad autónoma, de país. 

Si, por ejemplo, mi hijo hubiera obtenido 495 puntos en matemáticas, me gustaría saber cuál fue el puntaje máximo y mínimo en su misma clase, de todas las clases del mismo grado de su colegio y, compararlos, también, con los resultados máximos y mínimos en matemáticas (siguiendo con el ejemplo) obtenidos por los alumnos de su edad en nuestra comunidad autónoma, en España, etc...

Esta información, por razones obvias, sería muy valiosa para que padres y profesores pudiéramos enfocar los planes de mejora para nuestros hijos y alumnos y, también, un ejercicio básico de transparencia, de justicia, para poder reconocer el trabajo de los profesores y centros educativos que lo están haciendo bien, y para corregir el de aquellos que lo están haciendo mal.

Porque en los grandes números uno se puede confundir y caer -fácil e injustamente- en la tentación de decir que algo está bien o mal cuando el número del resultado es "plural" en su composición, pues, incluso en las comunidades autónomas donde los resultados han sido (globalmente) un desastre, hay casos concretos de alumnos, de profesores y de centros educativos que han obtenido un puntaje destacable; y, también, al contrario, dentro de las grandes cifras de los buenos resultados se esconden situaciones concretas manifiestamente mejorables.

Y todos estos análisis serían posibles si-y-solo-si se entregara a los padres de los alumnos la información comparativa de los resultados de sus hijos. Y, todavía mejor, para todos, si se amplia la muestra de los alumnos y de los centros educativos participantes. Los datos están y la tecnología para su procesamiento también. Lo único que falta es la decisión política de hacerlo, de ser más transparentes. Pensando en el interés general de los españoles, en nuestro futuro, porque lo que no se mide, lo que no se compara, difícilmente se podrá mejorar.



lunes, 28 de noviembre de 2016

Destacar en las aulas...y en el recreo.

Hace unas semanas tuve la suerte de escuchar a Trinidad Manzano que inauguró el Foro sobre Innovación Educativa con una conferencia sobre los detalles del programa de aprendizaje cooperativo que están desarrollando en el Colegio Peñacorada. 


Escuchándola, pensaba en la importancia que tiene que las personas aprendamos -desde niños- a colaborar. Empresarios y directivos de organizaciones se quejan, con frecuencia, de que sus empleados (y muchos de ellos, añado yo…) no saben trabajar en equipo, y de los perjuicios que esa carencia tiene para sus resultados. 

Es muy difícil, casi imposible, aprender a trabajar en equipo únicamente a través de la lectura de libros o en un taller por muy bueno que sea el facilitador, y por muy buenas que sean las disposiciones del lector y/o participante. Como ocurre con tantas otras habilidades de “importancia vital”, a trabajar en equipo se aprende, desde pequeños, en la familia y el colegio. Jugando y estudiando: conviviendo.

El logro de las metas de las empresas depende del grado de compromiso de las personas que en ellas colaboran, más allá de la responsabilidad que desempeñen en la organización. Por tanto, para un directivo es prioritario contar con un equipo de personas, conocedoras de su trabajo, esforzadas en hacerlo bien, con ganas e ilusión por lograr los objetivos. En definitiva, de un equipo de colaboradores.

Una actitud formada en el esfuerzo por hacer las cosas bien supone un buen antídoto para superar los circunstanciales estados de ánimo. La voluntad se puede entrenar, y eso depende de cada uno de nosotros. Ese entrenamiento de la voluntad se logra a base de pequeños vencimientos, de pequeños esfuerzos, del logro de metas, que comienzan siendo pequeñas y, una vez educada nuestra voluntad, pueden superar todas las expectativas. Esforzarnos, insistir en lograr lo que nos cuesta engrandece y fortalece nuestra voluntad. Lo más difícil suele ser el compromiso con lo pequeño, con lo menos importante, con lo que suele pasar inadvertido ante los demás…  Los buenos colaboradores que he conocido (y he tenido la suerte de conocer a muchos) son personas que se preocupan y ocupan de los detalles, de hacer bien las cosas pequeñas, con el mismo interés y esfuerzo con el que atienden los grandes asuntos de sus vidas. Una voluntad entrenada para hacer las cosas bien se manifiesta en propósitos firmes y un ánimo superior para enfrentar las contrariedades. Estas son sólo algunas de las diferencias entre un empleado y un colaborador.

Las organizaciones de alto desempeño se definen por ser organizaciones de colaboradores. La organización de esa red de talentos o colaboradores interconectados en torno a un mismo proyecto, cada uno desde su rol, de forma sinérgica y creativa, no es sólo cuestión de liderazgo, acierto estratégico y una dirección adecuada en cada entorno, sino, además, el resultado de un fino alineamiento de las políticas de selección, desarrollo y compensación en torno al objetivo de atraer y retener el mejor talento y conectarlo al proyecto. 

En la economía del conocimiento, las personas producen más valor que el capital y, por tanto, deben ser tratadas -realmente- como factor privilegiado, en tanto que su impacto en los resultados es cada vez mayor. En la vieja empresa -que requiere pocos pensantes y muchos actuantes- el éxito depende de la creatividad de los pensantes y de la disciplina y esfuerzo de los actuantes. Hoy -y desde hace tiempo- las cosas ya no son así, y no sirve de nada tener actuantes disciplinados si no resuelven las necesidades de los clientes y no colaboran en la innovación para producir, en términos de coste y calidad, mejor que la competencia. Este valor añadido, diferencial del conocimiento organizado, supone la ventaja competitiva más sólida y difícil de copiar.

La formación que reciben quienes tienen la responsabilidad de dirigir suele estar más enfocada hacia elementos técnicos que hacia elementos que faciliten su relación con otras personas. Estamos invadidos de tecnicismos que rodean la gestión de las empresas, y descuidando dos capacidades básicas como son el sentido común y el criterio fundamentado en principios. Esta carencia, en ocasiones, se ha reflejado en el mal desempeño de algunos directivos en forma de corrupción o engaños.  

Un directivo debe saber anticiparse a lo que está sucediendo, contar con una visión estratégica del negocio, e, igualmente, ser capaz de formar e integrar equipos de trabajo. La orientación a las personas, la habilidad de relacionarse, es un requisito desde que las organizaciones comenzaron a simplificarse, a "aplanarse".  Por tanto, ahora, quien tiene la responsabilidad de dirigir tiene que haber destacado tanto en las aulas como en el recreo... Porque en la empresa tendrá que relacionarse con personas y esto no se aprende sólo en los libros. Una vez más, la importancia de aprender (ojalá en la familia y en el colegio) a comunicar, a cooperar, a relacionarse: a convivir. Si no, se tendrán serias dificultades para dirigir un equipo de personas. Y, esto a la larga, siempre repercute en los resultados.

Publicado en "Diario de León", hoy, lunes 28 de noviembre del 2016: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/destacar-aulas-hellip-recreo_1118310.html

lunes, 14 de noviembre de 2016

Por las buenas formas.

Una oleada de creciente vulgaridad invade nuestra vida. No es nueva. Hace unos treinta años, algunas personas decidieron como reacción a los cánones políticos de la época, identificar autoritarismo y maneras educadas de tratarse, dictadura y buenas formas.

Se produce, entonces, el progresivo derrocamiento de la corbata, la entronización poderosa del vaquero y, lo que es peor, el arrinconamiento de los buenos modales, la devaluación de los usos lingüísticos que, “viralmente”, nos alcanza a todos. Asistimos, pues, al desprecio sistemático de las buenas formas, a su conculcación cuando no a su burla y escarnio: los jóvenes no se consideran, en general, obligados a ceder a los ancianos el asiento del autobús. A vetusto anacronismo suena el observar la vieja costumbre de que el que sale tiene derecho preferente sobre el que entra.

El “sincorbatismo” se ha convertido en una mística, cuando, en realidad, vestir bien no consiste en llevar siempre corbata sino el traje o la vestimenta adecuados a cada situación. He conocido a directivos de organizaciones y empresarios de éxito que adolecen de una buena educación, de buenas maneras, de buenas costumbres. El protocolo es la técnica de hacer bien las cosas y el conjunto de normas y usos que nos dicen cómo actuar. Una técnica que, como tal, se aprende. Una preocupación humana, desde antiguo. El famoso Confucio, quinientos años antes del nacimiento de Cristo, ya destacaba su importancia en las relaciones humanas. Un negocio puede no concretarse por falta de tacto en una conversación o por desconocimiento de las costumbres de un país.

Una vez más, la importancia de cuidar los detalles, las cosas pequeñas, en las relaciones humanas. Cosas de protocolo que, a muchos, se les escapa, a veces por ignorancia y otras por el curioso convencimiento de entender que la buena educación está reñida con la modernidad. Aunque la mayoría de las normas de protocolo son universales, cada país tiene las suyas y hay que conocerlas para facilitar el éxito de un negocio. Muchos extranjeros se extrañan ante errores tan comunes entre los españoles como el habitual tuteo, o ir directamente al grano y hablar de negocios desde el primer momento.

La imagen corporativa ha pasado a ser un tema de millones de euros para muchas organizaciones. Cada vez son más frecuentes los grandes despliegues publicitarios. La cuestión clave es: ¿está la organización preparada para cumplir con las promesas desarrolladas por creativos y publicistas? La organización tiene que cumplir con las expectativas generadas por la campaña de imagen. Si, por ejemplo, decimos que nos distinguimos por la amabilidad, debemos traducirlo en acciones concretas de nuestros colaboradores: ¿todos sonriendo? ¿resolver con diligencia los problemas de los clientes? ¿responder el teléfono antes del tercer timbrazo...?

Concretar es fundamental para poder lograr uno de los aspectos más complejos: lograr el compromiso de todos, que quieran lo que la organización quiere, cómo y cuándo lo quiere. Lograrlo, requiere un trabajo intenso que exige mejoras en la cultura de trabajo, en los estilos de dirigir. Emprender una campaña de imagen con una promesa que la organización no está preparada para ofrecerla es un desprestigio, una pérdida de tiempo, dinero y credibilidad.

Cuidar nuestra imagen es fundamental. Una imagen que implica no sólo llevar la vestimenta adecuada sino comportarse correctamente en toda circunstancia. La puntualidad, la cortesía o cómo saludar son algunos aspectos a cuidar especialmente. El saludo es el primer contacto físico con la otra persona; por tanto, hay que cuidar cómo estrechamos la mano. Una persona segura estrecha francamente su mano. Dar la mano como si fuera una merluza muerta, o como si fuera una tenaza, suelen ser muestras de mala educación. La urbanidad se puede aprender siempre, aunque facilita las cosas si los aspectos básicos se vivieron desde pequeños. Cuando no tengamos claro qué hacer, actuar con naturalidad es siempre mejor que adoptar una postura acartonada, estereotipada, rígida.

En conclusión, la imagen vende y las buenas costumbres venden mucho más. Las ricas fórmulas de salutaciones del español han sido reducidas al “hola”, al “vale” o al “ok”. El tuteo indiscriminado se ha impuesto de forma generalizada. Se ignora que los parques públicos son de todos y no es difícil contemplar la destrucción del respeto a los otros que supone el “día después” de los botellones. Los insoportables y, en ocasiones, ridículos, sonidos de algunos multitonos de teléfonos móviles nos aturden a todas horas y en todo lugar. Los usuarios frecuentes del tren debemos soportar, si o si, que cualquier hijo de vecino cuente, sin ningún pudor y a viva voz desde su asiento, su vida y milagros a su interlocutor telefónico, cuando, el precio pagado por el billete, pareciera dar derecho a una mínima tranquilidad.

Ya en el siglo XIX un escritor tan nada sospechoso de “involucionismos” como Mariano José de Larra satirizaba sobre las toscas maneras y alababa el “provechoso yugo de una buena educación”. Hoy debemos exigir, con Larra y con todas las personas civilizadas, la restitución imperiosa de las buenas formas y la proscripción social del mal gusto y la chabacanería.

Publicado en "Diario de León" el domingo 13 de noviembre del 2016: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/buenas-formas_1114303.html

domingo, 6 de noviembre de 2016

Huelga de deberes.

Los clientes de Renfe celebramos la noticia de que, por fin, esta empresa vaya a ofrecer wifi en algunos -sólo en algunos, por aquello de ordenar las expectativas- de sus trenes. Ni siquiera en todos sus trenes de alta velocidad, sólo en algunos como, anuncian, los que prestan servicio en las líneas a Sevilla y a Barcelona. A los usuarios del “ave” Madrid-León (también en esta ocasión) nos tocará esperar. 

Que, hasta ahora, una compañía como Renfe no ofreciera este servicio a sus clientes es, cuando menos, sorprendente.

*

Se acabó la vendimia y comienza la campaña del aceite de oliva. Unos estudiosos han calculado el número de olivos que hay en Andalucía. Realmente hay “gente-pa-tó”, hasta para calcular el número de olivos… Estiman que unos sesenta y cinco millones. Una inmensidad. Recuerdo que hay lugares donde uno parece estar rodeado. Una alfombra de olivos que se extiende a cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, entre Baeza y Úbeda.


Sobre el aceite de oliva y mucho más trata uno de los últimos libros de Juan Eslava Galán “Viaje por el Guadalquivir y su historia”: de los orígenes de Tarteso al esplendor del oro de América y los pueblos de sus riberas.

Leyéndolo me llamó la atención una curiosidad que algunos, con gran ingenio y no sin razón, consideran un antecedente del código de barras. Las ánforas llamadas olearias se denominaban así en el Imperio Romano porque servían para envasar aceite. Cada ánfora llevaba la “figliana” o sello del alfarero en un asa y, además, una serie de inscripciones a tinta y pincel, en letra cursiva, los llamados “tituli picti”, en los que consignaban el peso del envase, el peso del aceite, el nombre del productor y otros datos fiscales.

Estas ánforas olearias procedentes de la Bética se han encontrado en puntos tan distintos como Inglaterra y la India, lo que prueba que el aceite andaluz no está de moda porque lo recomienden los cocineros (chefs) de moda, sino que ya, entonces, era muy valorado en todo el mundo conocido. 

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Una asociación de padres de alumnos ha convocado una huelga de deberes para este fin de semana, como forma de presión para que se regule por ley la eliminación de las tareas escolares. Pienso que, en este asunto, como en tantos otros, no hay nada mejor que mirar a quien o quienes lo hacen mejor. Aprender de los otros, especialmente de aquellos que lo hacen bien, el famoso “benchmarking”. En este caso, finlandeses y coreanos que, cada año y desde hace varios, obtienen los mejores resultados en los informes del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA (por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment).

Algunas buenas prácticas que pueden servir de fuente de inspiración. Por ejemplo, en Corea, la educación se concibe como una obligación patriótica. Los estudiantes tienen jornadas de seis horas de clase y entre cuatro o cinco de refuerzo. Y la profesión de maestro tiene un gran prestigio y reconocimiento social. 

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domingo, 2 de octubre de 2016

La "otra" educación.

Hoy, en el mundo occidental, la casi totalidad de los ciudadanos saben leer y escribir lo que supone un logro inimaginable hace un siglo. Sin embargo, eso no basta en las relaciones económicas y sociales de nuestro tiempo. Muchas personas no son capaces de seguir instrucciones escritas, tienen dificultades para comprender lo que leen y no son capaces de extraer mínimas consecuencias analíticas. Son los llamados "analfabetos funcionales".

La comprensión como distinta al simple desciframiento de los símbolos escritos que constituyen las palabras, es vital para manejar manuales y sistemas informáticos, por ejemplo. Para una economía que sólo pretende producir y exportar materias primas, esta cuestión tiene poca importancia. En cambio, la microelectrónica, biotecnología, telecomunicaciones, etc., todas ellas son industrias basadas en la capacidad intelectual de las personas y, por ello, se pueden instalar en cualquier lugar del mundo…. El conocimiento y las habilidades son la más importante (si no la única) fuente de ventaja comparativa sostenible en el largo plazo. 


El esfuerzo por una buena educación es una prioridad de todos, es la base para un desarrollo humano y económico sostenible. Las dificultades actuales, la mayor incertidumbre y la mayor carga de trabajo están provocando una mayor tensión en las organizaciones. Las discusiones, los malos entendidos, etc. se hacen presentes y, a veces, generan un ambiente difícil y desagradable. Si en este contexto, además, quienes tienen la responsabilidad de dirigir no practican las normas básicas de educación y cortesía, la situación empeora aún más.

¿Cuáles son estas normas básicas de convivencia que habitualmente no se respetan? No saludar al llegar al lugar de trabajo. No mirar a la cara. Llegar tarde a las reuniones haciendo perder el tiempo a los demás, generalmente sin pesar alguno por la pérdida de tiempo y la falta de respeto que supone para otras personas. No responder: correos, llamadas de teléfono, etc. No escuchar a los otros: leyendo en las reuniones mientras otros exponen, interrumpiendo la exposición o monopolizando el uso de la palabra. Enfadarse, elevando violentamente el tono de voz ante cualquier hecho que no sea de su agrado. No pedir las cosas por favor ni dar las gracias.

Muchos directivos se excusan diciendo que no es un problema de mala educación sino de falta de tiempo... Es posible que refleje una mala organización personal del tiempo por no delegar lo suficiente. Pero en el fondo, opino, hay una falta de respeto y consideración hacia las personas con las que trabajamos. Respetar a todas las personas con las que nos relacionamos es esencial en nuestro desarrollo profesional. Egoísmo, ambición, afán de poder, individualismo, competitividad extrema, que no duda en poner el pie encima de otro... son algunos de los calificativos con los que muchos ciudadanos definen a los directivos de muchas organizaciones. Quizá para revertir estas negativas opiniones se ha vuelto a poner el foco en la conveniencia de que los directivos se esfuercen en adquirir y desarrollar otras cualidades como, por ejemplo, el liderazgo basado en principios.

El directivo debe tener la capacidad de estar informado de todo lo relevante para su organización, de trabajar codo con codo con cualquiera. Tiene que saber del negocio y de la empresa, tener metas claras, mantener la política de puertas abiertas y contagiar a sus colaboradores para que estos se adhieran, ojalá con entusiasmo. Por tanto, el directivo, además de tener ciertos conocimientos de la industria o del mercado, debe tener la capacidad para relacionarse y comunicarse -efectivamente- con las personas: clientes, proveedores y, muy especialmente, con su equipo de colaboradores.
Su principal tarea es coordinar a las personas a quienes tiene la responsabilidad de dirigir, para lograr los objetivos que se quiere alcanzar. Esto implica tiempo y habilidad para delegar, trabajar en equipo, escuchar a las personas y considerar su participación en la toma de decisiones. 

Definitivamente, las personas son la mayor y la mejor ventaja competitiva. Y para ello es fundamental generar -quien tiene la responsabilidad de dirigir- un ambiente de trabajo en el que todos los colaboradores puedan desarrollarse. Por tanto, sugiero recuperar, actualizar, las mejores prácticas de normas de buena educación en favor de las personas con las que convivimos en nuestro trabajo profesional, especialmente, con quienes tenemos la responsabilidad de dirigir.

Publicado en "Diario de León" el domingo 2 de octubre del 2016: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/otra-educacion_1103501.html